Perfiles 4


Contigo Pan y Cebolla.
Eduardo Segovia

En aquel Provincial clase 81 que se jugó en Jacobacci en el año 90 todos hablaban del fenómeno que jugaba para Pilcaniyeu. Mientras los jugadores de Los Menucos, de Sierra Colorada, Valcheta, Jacobacci y Bariloche, estaban empezando a dejar de ser nenes, Eduardo Segovia parecía un hombrecito hace rato.
Era un gigante entre los pibes. Parecía el hermano mayor de todos, ese al que se busca de última, cuando la vemos fulera contra el equipo de la otra cuadra.
Y ahí andaba Cebolla, con sus legítimos 11 añitos, arrollando rivales y compañeros, destrozando pantorrillas todavía endebles, y poniendo colorados a los arqueritos, cada vez que los encaraba ese animal con apodo de vegetal.
En Pilca jugaba con la 10 en la espalda. Hacia todo: pateaba los penales, los córners, tiros libres y saques de arco. Metía todos los goles, y a veces evitaba alguno que otro. Sobra decir que el era el capitán, genio y figura de su cuadro.
Después de aquel torneo, que finalmente ganó la 81 de Cruz del Sur, se vino a jugar para nosotros. A “El Tren de la Línea Sur” la estación de Pilca le había quedado chica, entonces el corpulento delantero de carita rara empezó a escribir la historia de nuestro club. Y los goles llegaron, y las vueltas olímpicas se repitieron tanto como sus premios de goleador.
Nada de Cebollita Subcampeón: Ganó 7 campeonatos de AFIB, varias copas de fútbol de salón, integró la Selección Sub 16 de Bariloche, y mantiene el orgullo irrenunciable de haber conseguido el título más importante en la vida de nuestro club: Campeón Provincial en el ´94, ganándole una final bravísima al poderoso Cipolletti 2 a 1, con dos goles suyos, obvio.
Después llego el turno de debutar en primera, con aquel equipo de Cruz del Sur plagado de muchachitos y comandado por Cascote Ruiz. Ese equipo fue la base del que años después, en el 2000, se consagrara por única vez Campeón en Primera división.
Cebolla se alejó un rato de las canchas cuando saltó al mundo su primer hijo, Joaquín. Guardó los botines y las canilleras, para empezar a hacerse amigo de los escarpines, mamaderas y sonajeros.
Pero como el berretín del fútbol nunca se muere, volvió a jugar. Tuvo un paso fugaz por Estudiantes, donde si bien hizo goles jamás pudo sentirse cómodo. Después, cuando llegó la incursión de Pilca en primera división, fue el estandarte del sorprendente equipo de la línea. Y un día le tocó jugar contra nosotros, como aquella vez en Jacobacci, donde empezó la historia.
Cebolla será siempre nuestro. Aunque pasen los años todavía vamos a ver, entre la polvareda que levantan sus arremetidas, la ingenua polenta de un delantero grande, que a cada gol, le brillaban los ojitos como a un nene.

La Selección no sigue. La vida sí.

La sensación de vacío es enorme. Pocas cosas duelen más que la impotencia y la sensación de ya no ser. Ayer, 30 de Junio de 2006 Argentina se quedó afuera del Mundial y la gente quedó eliminada de la ilusión.
Queremos que el reloj pase rápido, que esto quede atrás. Queremos que el almanaque nos cuente que dentro de poco terminan las eliminatorias, y que somos candidatos otra vez. Pero no. Hoy hace 1 dia que quedamos afuera. Hoy es el día que mas falta para que volvamos a jugar un Mundial.
Ya no está la locura del festejo ni se escuchan bocinazos. Ayer, el Centro Cívico nos quedó esperando. Nadie se subió a Roca ni se colgó de su caballo. Al contrario. La gente se mira las caras como esperando que alguien le explique qué pasó. Como si alguno de nosotros lo supiera, como si algo nos consolara. Los rostros se tragaron la euforia, y atragantados quedaron los gritos de éste pueblo urgente de emociones.
Y aunque el fútbol no es el único encargado de darle alegría al corazón, solamente el fútbol nos da ciertas alegrías. Como las de la semana pasada, o como la de hace 20 años atrás, cuando un petizo ruludo sacó chapa de Gardel.
Pero vamos. Arriba. La Selección no sigue pero la vida sí. Y cada uno de nosotros tiene que seguir jugando su Mundial. El de tu laburo, el de la familia. El de compartir la vida con los hijos: las buenas y las malas, como la de ayer.
Hay que salir a flote en éste mar de lágrimas. Porque en la superficie está nuestra vida. La de verdad, la de todos los días. El Mundial es un sueño que pasa rápido. Hoy ya estamos despiertos y hay que seguir.
Que vuelva la normalidad. Que los domingos jueguen River y Boca. Que en el laburo no se hable de fútbol. Que las mujeres sigan con sus novelas. Que las bocinas sean del tránsito que aburre. Que al Centro Cívico vuelvan los San Bernardos.
Pero pará. El Mundial pasó pero adentro quedó algo. Algo que late en celeste y blanco. Algo que tiene nombre: es el orgullo... de ser Argentino.