Quiero verte otra vez
Muchas veces se ha dicho que el puesto que un jugador ocupa en la cancha está, No debe ser un espejismo, ya lo sé. Los goles no tapan miserias ni urgencias. Varias cosas en la vida son mas importantes que el fútbol, y está claro que el hambre de nuestros chicos es mas duro que fallar en las pelotas paradas.
No me vengan con nada eso porque ya lo sé, porque está bien clarito.
Vénganme con lo otro, con la otra cara. Con la gente saltando en el Centro Cívico, con los autos disfrazados de blanco y celeste. Mostráme las fotos de ayer al mediodía, cuando en pleno horario de laburo, Bariloche largó todo y se puso a gritar por la Selección. Quiero verlo otra vez. Quiero ver al de El Frutillar y al del Jardín Botánico gritando cada gol nacional. Quiero ver ese Rastrojero complicado y aquel auto importado tocando bocina, delirando, trabados en el tránsito caótico de la Mitre, que en realidad es el tránsito loco de las emociones.
Que se repita la comunión del que se rajó del trabajo y del que se escapó de la angustia por no tenerlo.
Quiero no borrar nunca de mi cabeza estos días en que el fútbol trasforma el gesto esquivo de la gente. Quiero olvidarme urgente del dolor del último Mundial, aunque quiero tenerlo presente para gritar mas fuerte ésta realidad.
Pedazo de homenaje a nuestra Bandera, a 3 días de su día. Flamea de los autos, se luce en los balcones. Toma mil formas: banderín, escarapela, trapo o harapo. Pero es ella. Es la celeste y blanca que sufre en Argentina y se luce en Alemania. Elegante, inmaculada. Respetada.
Y al prudente que no festeja, lo invito. Lo invito a que se sume a la alegría. A que pase un rato por el centro, a que largue el maletín y pegue un grito. A que se olvide de que somos un pueblo acostumbrado a sufrir. La vida nos da felicidad en cuenta gotas, y el fútbol tiene abierta la canilla de las emociones.
Que esto se grabe para siempre. Que el frío del invierno se espante con el calor de la Selección. Por eso quedate. No te vayas, Campeón. Quiero verte otra vez.
Y en este rincón... El Chalo Zobarzo
Merodea el fondo como una patrulla. Protege el área como un cancerbero. Transita en los suburbios de la cancha, allí, en esa zona VIP donde no pasan los indeseables. Sigiloso, paciente, seguro. Feroz y designado a destruir los ataques de los rivales que cada vez parecen más chiquitos. O él, más grande.
Es el Chalo. Es el de la mirada asesina y el pecho inflado. El que de pibe era el mejor alumno en la Academia de Fenómenos que llevaba la firma de un tal Celestino Rojas.
Es el del cañón en la pierna derecha, es ese que tiene bien clarito que no se puede ser líbero y mediocre al mismo tiempo. Es Cristian Gonzalo Zobarzo. El tipo que, por su apellido, debe haber sido el último hombre hasta en la lista del colegio.
Alma de capitán, recio a la antigua. A cada cruce, a cada cierre, el relator se rompe la garganta diciendo que “El Chalo en el fondo es bueno”. Aunque en realidad es bueno en todas partes: en el fondo, en la cancha y en la vida. Porque atrás de la dureza del zaguero central hay un tipo que vale la pena conocer. Humilde y laburante. Fiel a su manera de entender el fútbol y la vida. Un padre orgulloso de su hijo Fernando, que justo se le ocurrió saltar al mundo un 7 de Mayo, el día que Cruz del Sur gritó Campeón por primera vez.
Como un guiño del destino, el Chalo se gana la vida poniendo nafta en la calle y en la cancha. Parece el estigma de alguien condenado a darle movimiento y fuerza a las cosas, transformado desde hace 7 años en combustible y motor de las ilusiones cruzadas.
Ese es el Chalo. El último picante del fútbol de Bariloche. El que le pone salsa y condimenta los clásicos. El tipo que entró al Argentino B por la ventana, y terminó siendo figura con asistencia perfecta. No podía faltar en nuestra hora más gloriosa.
El Chalo quedará en la historia de éste club, y quedará para siempre flotando su mística y su alma ganadora.
Y algún día, alguien tendrá que aclararle al relator que el Chalo, en el fondo, no es solamente bueno: Es un fuera de serie.
MUSICA MAESTRO
Guillermo Navarro
El grandote poco ortodoxo agarró la pelota sobre la izquierda, cerca de la mitad de cancha. En posición de 10, pasó al primer rival con una pisada rara. Se perfiló para encarar. Lento, como dudando, dejo en el camino a 3 defensores. El Municipal se puso de pié. Entro al área, tiro un caño, y definió abajo, cruzado, al segundo palo del arquero. Golazo de Cruz del Sur. Golazo, Guille. Salió gritando para cualquier parte. Gritó el desahogo, y gritó la locura del Cruz del Sur 5, Martín Güemes 4.
Guillermo Navarro acababa de dejarnos una joya para el recuerdo. Para ese recuerdo que él mismo forjó, porque desde aquel día no fue más a jugar a la pelota.
A lo mejor estuvo preparando ese momento durante mucho tiempo. A lo mejor estaba esperando una despedida como esa. Silenciosa, tácita. Pero mejor imposible.
Hasta hace 3 años Cruz del Sur tuvo un jugador especial. Un tipo alto, grandulón y con cara de bueno. Un artista, dentro y fuera de la cancha. Un músico de estirpe, hijo e´ tigre.
Repleto de sinfonías en la cabeza y en los pies, deleitaba verlo jugar. Gambeteaba en Sol mayor, me parece. Sus pases gol eran acordes y su andar, cansino y desfachatado, a veces irritaba a los pragmáticos del fútbol.
Pero el estaba allá, lejos, en su mundo. De corcheas y boleas, de compases y pisadas. De poemas.
Hoy la vida lo arrastró definitivamente para el lado de las melodías. Ya no toca más en Cruz del Sur. Pero ahí anda, componiéndole a la suerte, llevado por la misma bohemia con la que le hizo aquel golazo a Güemes.
Volve Guille. Volvé un rato. Volvé a tocarte un tango en el área grande. Hace bailar a la pelota. Afiná este juego que a veces aburre por la falta de tipos como vos. Agarrá la viola e inventate algo. Metele un candombe al mediocampo. Dale...
Para Cruz del Sur es un orgullo que hayas sido nuestro. No podrías haber sido de otro, seguro. Porque tu estilo es cómplice de nuestro estilo. Porque tu ritmo merece el traje blanco de nuestra camiseta. Porque fuiste pionero en nuestra historia.
Seguí tocando que nosotros esperamos tu melodía. Y cuando te vuelvas a calzar los botines, se corra el telón y dibujes otra rabona, el piano y la redonda se guiñarán un ojo. Música Maestro.