Perfiles 2


FINA ESTAMPA
Marcelo Tolosa

Muchas veces se ha dicho que el puesto que un jugador ocupa en la cancha está, frecuentemente, relacionado con su personalidad, con su forma de ser y de vivir. Los arqueros, por ejemplo, demuestran desde el arco algo de soledad, de autonomía y de locura. Un goleador lleva a cuestas la soberbia; un enganche, la estridencia; y un prolijo volante central, la solidaridad.
¿Y un lateral izquierdo? Posiblemente haya que hablar de humildad, de perfil bajo. Jugar de 3 implica renunciamientos. Esos renunciamientos a los que está acostumbrado Marcelo Tolosa.
El Negro Tolosa es un crack que no es arquero, no juega ni de 9 ni de 10. No roba tapas de diarios, no busca a los periodistas, y no juega para la tribuna.
Pero de todas formas, es el ídolo de la gente. Es el preferido de la platea y de la popular. Del pragmático y del lírico. Del hincha y del rival.
Por su figura, por su velocidad, por su pegada, bien podría llamarse “Marcelinho” o “Tolosao”. Pero no. Su Fina Estampa no es oriunda de Sao Pablo, ni de Belo Horizonte. No es carioca ni paulista. Viene de Valcheta, de la castigada línea sur, que a veces parece cultivar genios entre neneos y coirones.
Se transformó en referente del Cruz del Sur de los últimos años. A través de su pierna izquierda y su certero penal el 7 de Mayo de 2000, llegó el primer grito de Campeón. Desde entonces, jamás se sacó la número 3 de la espalda. En todas las canchas, contra todos los rivales, en cualquier campeonato.
En su corazón, al lado del fútbol están los autos. Tolosa es bien tuerca. Y se pasea orgulloso con su ruidoso y personalísimo Fiat 128, pintado de Cruz del Sur.
Cuando el relator se viste de azafata para anunciar la partida del Avión de Valcheta, el Negro va dejando un surco en el lateral izquierdo y en la memoria del fútbol de Bariloche. Porque cuando los años pasen quedará en la historia como quedaron los Batalla, El Negro Velázquez, Pancho Serón o el Patón Mingot.
A todos nos parece saber que si no llegó a jugar en un club grande, como el Boca de sus amores, fue porque no quiso o porque no lo dejaron. Tolosa es otra víctima de éste fútbol centralizado y egoísta, que para jugar en la Selección, exige nacer en Buenos Aires.
Pero en cambio, en este rincón de la Argentina, cosechó tantos amigos como elogios. Amigos de su frescura, de su mirada pícara, de su tez morena y su zamba futbolera. Esos mismos amigos que cuelgan la bandera de “La Banda de Tolosa”. Y aunque el Negro no lo sepa, La Banda de Tolosa somos todos.

Yo he visto a Mañuco
Mañuco Ruiz

“Buenas tardes, disculpen. Traje a mi pibe, ¿puede jugar un rato??”
Así, simplemente, empezó la feliz historia de la familia Ruiz en Cruz del Sur.
Aquella tarde en la canchita de Comunicaciones, Cascote llevó a Mañuco, como un padre cualquiera lleva a su hijo. Pero ellos estaban entrando al club, a la historia y a la vida.
Mañuco, que se presentó como Víctor, tenía mucha pinta de jugador. Cargaba con apenas 10 años. Las medias bajas, los botines desatados, las piernas fibrosas... había pronóstico de crack. Sospecha de genio.
Cuando tocó la primera pelota, arrancó tantos elogios como sonrisas. Pecho, zurda y pique corto. Arranques, frenos y pisadas. Gran pegada.
Sus botines Puma, su estilo felino, la 10 en la espalda, su zurda tramposa, su audacia, sus ojos dolidos de infancia de urgencias. El pequeño Maradona estaba entre nosotros.
Empezaban los años más felices en la vida de Mañuco Ruiz y de Cruz del Sur. Al pichón de crack no le costaba ser el mejor, y gozaba de la admiración de propios y extraños.
Así llegaron los campeonatos y las vueltas olímpicas. Y fueron quedando atrás, como los defensores y los arqueros.
Cruz del Sur hacía gala de su joyita en cada potrero. Mostraba orgulloso a su nene, a su hijo pródigo. Al que pisaba y pasaba. Al que gambeteaba para adelante, como los que saben. Al de los golazos. Al de los milagros. Al pibe al que Dios le hizo un guiño y el Diablo le tocó la zurda.
La distinción de Jugador del Año en la entrañable Cena del Deporte, no tardó en llegar. Tampoco los aplausos, los elogios y cuanto agasajo fuera posible en nuestro humilde fútbol.
Pero Mañuco dejó de ser un nene a la fuerza. Cuando todavía le quedaba un poco de infancia, cuando seguía siendo tiempo de preocuparse solamente por la pelota, la vida lo dejó varias veces mano a mano con el dolor.
Sus aciertos en la cancha y los errores en la vida, provocaron tantas risas como lágrimas.
Ese estigma de los ídolos... la fatalidad que condimenta los amores y los odios, la admiración y la bronca. Nada le fue ajeno. Nada fue indiferente.
Atrás quedaban sus goles, su picardía y su magia.
Su nueva vida, oscura, de amigos confusos y sinuosas personas, lo obligó a gambetear mas veces a la muerte que a los rivales.
Su partido ya era otro. El talento bruto se ocupaba de ganarle a la vida.
Sus actuaciones memorables, como aquella contra Colo Colo en el Estadio Municipal, se guardaron forzosamente en un baúl de recuerdos.
Y Mañuco volvía, y nos ilusionaba, pero tropezaba otra vez.
Hoy la vida parece darle una nueva oportunidad. Lejos de su maldito entorno, trata de encausar un rumbo que parecía perdido.
Nosotros esperamos por vos. Ya no como jugador, pero como tipo, como amigo, y como riñón del club. Mientras tanto nos regocija tu recuerdo, nos arranca una sonrisa, y nos infla el pecho que hayas sido nuestro.
Necesitamos que vivas. Necesitas vivir. Para que a tus 25 años, recuperes la alegría que perdiste el día que dejaste de escribir poemas con tu zurda.

Un Negro como Uno
Martín Marino

Parece que nunca envejecerá. Parece que, aunque siga cumpliendo años como hoy, el Negro siempre tendrá veintipico. Si bien es cierto que a los jóvenes, en general, cuesta imaginarlos grandes, lo de Martín Marino es especial. Es especial porque su juventud parece eterna, porque su fortaleza no permite presagiar debilidades.
Y qué decir de su estampa. De su parada ganadora, de su perfil superpoderoso. De todas estas características juntas que Marino supo aunar para hacerle frente a la vida, que no siempre le vino fácil, pero que fue sacando a flote como lo hacen los tipos que no se resignan a perder jamás.
Hoy es el cumple del Negro. Del Fantasma, del Indio. Del multifacético. Del que sabe todo. De aquel pibe que a los 15 empezó a jugar a ser arquero, que anduvo por Boca, por Puerto Moreno, por Arco Iris. Por el fútbol de Buenos Aires, e incluso por España. Hasta que recaló en Cruz del Sur, como un destino señalado. Para llevar sus voladas a toda la región, para cargar a sus espaldas las hinchadas bravas de la Patagonia. Y no defraudó. Ese Marino que todo lo puede, un día se prometió no perder la categoría. Y ahí anda Cruz del Sur, vidriera de Bariloche, recorriendo kilómetros con El Negro al arco.
Alguien ha dicho que Dios le dio un cuerpo así de grande para que le quepa el corazón. Porque detrás de los músculos de hierro hay un tipo sensible, blando, amigable. Casi en contraste con su dura apariencia.
Hace 5 años, su hija le cambió la vida. Mas que Brisa, fue una ráfaga, que lo ilumina en el vestuario y lo acompaña aferrada a su cuello en cada entrada al Municipal.
El Negro se ha ganado un lugar en la historia del fútbol de Bariloche. Por su estilo, llamativo y ganador, jamás pasará desapercibido. Y de yapa, goleador. Pasan los años y él sigue cosechando amigos y elogios. Desde el show, desde la pinta, desde la pilcha y las voladas. Desde su fidelidad a un estilo de entender la vida.
Feliz Cumple, Negro. Éste es nuestro homenaje. Aunque los años pasen no pasa tu vigencia. Y dentro de mucho tiempo, cuando te pongas viejo, cuando se aflojen los músculos, y se apaguen los flashes, no vas a perder tu esencia. Lo importante es lo de adentro. El alma no sale en el diario.