Celestino Siempre Celestino
Celestino Rojas
Si tuviéramos que contarle a algún desprevenido quien es Celestino Rojas, podríamos empezar de muchas maneras.
Se podría decir con acierto que fue uno de los tantos Directores Técnicos de fútbol infantil que hubo en Bariloche, pero la mención no sería suficiente.
También podríamos decir que es un tipo que ha dedicado una vida a la formación de jugadores, pero seguiríamos siendo imprecisos.
Mejor, los vamos a definir a nuestra manera. Digamos que Rojitas es un fenómeno. Un tipo de los que no hay, un incansable, un símbolo, un personaje, un espejo, un patrón, un pedazo de historia. Rojitas es nuestro, pero también es de todos.
Hace quién sabe cuantos años, Celestino empezó a formar pibes. Los formaba como jugadores, y también como hombres de bien. Sus lecciones de vida (o entrenamientos, como él prefería llamarle) solían incluir conceptos alejados del juego de la pelota.
Un poco de ortografía, algo de educación cívica, aportes de anatomía, y generosas ideas filosóficas, hacían que cada tarde de fútbol se convierta en algo especial.
¿Quién no ha visto Rojitas? ¿Alguien no lo conoce? Seguramente lo viste gritando al borde de alguna cancha de tierra, o lo has visto de hincha en el Estadio Municipal. Pero si no tenés idea quién es Celestino, basta con que mires al Chalo Sobarzo, a Andrés Mella, al Dani Rojas o al Negro Velázquez, o a cualquier otro símbolo de nuestro fútbol, y allí verás la mano maestra de un tipo que formó jugadores tan ásperos como leales.
Rojas era el que no te dejaba entrenar si no tenías los botines lustrados. El que controlaba el largo de las uñas de los pies, y te preguntaba como habías andado en la escuela. Si llegabas temprano, con las manos limpias y el boletín en orden, empezaba el fútbol.
Es un tipo que ha mantenido la prolijidad, desde el discurso hasta su pelo, siempre engominado.
Su nombre multicolor fue icono de Boca. Allí hizo historia con pibes como el Tano Mella, Bravo y Danilo Aguirre. Después lo trajimos nosotros, fiel a la sana costumbre de traer todo lo bueno. Dirigió a la 82 de Daniel Pincheira, Carrillo, Fernandoi, Huesito Díaz y compañía, ganando tantos campeonatos como amigos.
Y se mantuvo en el club, hasta que se hicieron hombres aquellos chiquilines a los que les enseñó a vivir.
Siga Celestino. Siga enseñándonos cómo es esto de crecer. Vaya por ahí con su Fitito colorado, casi tan grande como usted. Recorra las canchas, controle los picados. Revise boletines.
Los pibes lo necesitan, y usted necesita de ellos.
Hoy, en tiempos donde la pelota de los pibes se mancha con el desprecio de los grandes, y cuando parece mas divertida una computadora que patear en la calle, una buena lección de Rojitas no vendría nada mal.
FELIZ CUMPLE, CRUZ
Cómo saludarte. De qué manera homenajearte, Cruz del Sur. Cómo hacemos para decirte Feliz Cumpleaños, si no sos ninguno y sos todos a la vez.
Podríamos hacer un recorrido por la historia, celebrando con cada uno de los que la escribieron.
Entonces, tendríamos que arrancar por Jacobacci, pasar por la vieja “Fundación”, saludar al Turco Chaina, a la legión de pibes que formaba el plantel, con Piti, con Sacha y Jorgito Lavín, con Oscar Hernández y compañía.
Después agarrar la entrañable ruta 23 y desembarcar en Bariloche, como lo hiciste vos, Cruz del Sur, 15 años atrás. Y al llegar, darse una vuelta por Comunicaciones, abrazarse con Carlitos Godoy y los pibitos que estén pateando, con Mañuco haciendo gala de su zurda maradoniana, con Diego Apel, con Jose Rodríguez, con Pedrito Walter y Nico Gasperoni.
Habrá que brindar con Gustavo Gutiérrez, rememorando inolvidables viajes a Chile, y picados con su Fitito roto y su perro Noel como fieles y únicos espectadores.
Y sumarlo a Cascote al festejo, abrazándolo bien fuerte, y darle un beso a Angélica, la madre de todos.
Gritar campeón con los chicos de la 80 y la 81, y sentirnos orgullosos de los pequeños héroes que empezaron a hacer respetar nuestros colores.
Pero ahí no puede acabarse el festejo. Falta darse una vuelta por Mutisias, por el Pilar, por la vieja cancha de Güemes, por la Ramón Jiménez, por el Gimnasio Don Bosco, por el Municipal, y por todo aquel potrero que haya sido escenario de nuestras tardes de fútbol.
Y celebrar la llegada de tipos como Celestino Rojas y Pelusa Ojeda, formadores de jugadores y de gente.
Brindar con la familia de Vizcacha Vega, de Checho González, con los Loise, los Luna y los Sobarzo.
Darles la bienvenida a Ondina, Cacho, Marito y Analía, pilares fundamentales de nuestra existencia.
Dejar que pase un poco el tiempo, ver a los nenes como muchachos, festejar el ingreso a la primera división. Acompañarlo a Nani Soto en su aventura, con los Agostino y con Hartung. Saludar la alianza con Boca, que nos abrió las puertas al fútbol mayor, con el Pato Mella y su gente.
Habrá que mirar al cielo y hacerte un guiño a vos, Negro Velázquez, que desde algún lugar celeste brindarás con nosotros.
Y subirnos a la ilusión de los pibes que debutan en primera, y entender a Cascote en su manera de ver el fútbol y la vida. Aguantar las primeras goleadas en contra, y disfrutar las que vinieron a favor.
Y un 7 de Mayo, habrá que apretar bien fuerte el puño y gritar Campeón, con el humilde e inolvidable equipo del 2000, que con Luna; Mingot, Sobarzo, Nahuelquín y Tolosa; Juan Pablo, Cotorra, Mañuco y Cotaro; Edu y Lovera; demostraron que se puede ser grande con la frescura de los chicos.
Pero hay que seguir saludando, porque a la historia le faltan sus mejores páginas. Las del fútbol calificado, de elite, de buen gusto, de estilo. De paladar negro.
Las páginas que escribieron tipos como Fabían Garcés, jugadores diferentes que tarde o temprano se calzaron nuestra camiseta.
Y un día llegó Ariel Pérez, como caído del cielo, para darle seriedad a la cosa, para desplegar su enorme capacidad y nutrir con su experiencia de fútbol grande a los jugadores de Bariloche que, de a poco, empezaban a hablar otro idioma. El idioma del roce regional, de la exposición, de las canchas llenas y de la exigencia de propios y extraños.
Tuvo que venir el Integración del 2002 y 2003, y las finales del torneo local, y Cruz del Sur siempre en el tapete, en primera plana. El queridísimo Beto Luce empezaba a cocinar algo muy importante, las bases de un equipo que quedará en la memoria de todos los futboleros de la región.
Y si alguna final se escapó será porque el destino nos sugería paciencia, y el equilibrio de la vida entendía que también es necesario que festejen los otros.
Pero sigamos de farra, porque los titiriteros del fútbol de Buenos Aires se acordaron del sur, de Bariloche, y de Cruz del Sur, y nos invitaron al Argentino B. A ese torneo que jerarquizan equipos como Chaco For Ever, Racing de Olavarría, Huracán y Mandiyú de Corrientes. En ese escenario nos encuentra nuestro cumpleaños.
Nos hicimos grandes en la Patagonia, y eso hay que festejarlo.
Nos miran en todo el país, salimos en la tele, hablan de nosotros.
Y ahí andamos, con Maldonado y Pensa, pero también con el Gordito Molina y el Tanque Durán; con Román y el Cabrito en el medio, evocando a Cotorra; con Zaya que juega al compás de la música de Beethoven y de Guille Navarro; con el Sopa Aguilar y la sombra de Pablito Diomedi; con el fútbol puro de los Pinilla, que son también el fútbol de la gente. Si en cada volada de Luna y Marino, también vuelan Curileo y Jorgito Lavín; y entre la legendaria parada del Chalo puede verse al Zurdo Bustamante, a Marcelito Silva o a Juanjo Curín.
A todos hay que saludarlos, porque todos ellos son parte del club. Ellos y tantos más que acercó la vida y han quedado en el camino.
Como cuenta la leyenda, un ñandú que pasaba por el cielo dejó su pisada marcada en el firmamento. Desde entonces la Cruz del Sur, distante y lejana vigila el universo. Sin embargo, se emociona con cada gol que mete algún pibe de su equipo, en este rincón del planeta.
Feliz Cumple Cruz. Gracias por todo.
LUNA LLENA
Víctor Luna
El puesto del arquero ha sido siempre especial. Desde la ropa hasta su ubicación en la cancha, se diferencia todo el tiempo de sus compañeros.
Ser arquero tiene algo de loco, de soberbio, de autista, de bohemio, de payaso. No cualquiera es arquero. No cualquiera se la banca.
Cruz del Sur tiene el orgullo de mantener hace más de 10 años al mismo arquero. A Víctor Luna.
Llegó al club procedente del equipo de su barrio, San Francisco, rival de innumerables choques en infantiles. Junto con Robotina, Papío, los hermanos Sobarzo, Carlitos Tribiño y Pelito Ojeda, se sumaron a Cruz del Sur para empezar a formar la columna vertebral de nuestras divisiones menores, allá por el año 90.
La vida fue dispersando a la legión del San Francisco III, pero Luna, por condiciones, por tesón, por buen tipo, por símbolo, por figura y por arquero, se mantuvo siempre metido en el corazón del equipo.
Ya de pibe fue figura del fútbol barilochense. Salió campeón de primera división con 18 años, siendo titular indiscutido en un puesto en donde la madurez es casi tan importante como un brazo.
Pasó Govetto, pasó Pincheira, pasó Curileo... y Lunita siempre está. Está porque es tan de nosotros como nuestros colores. Está porque ya se hizo amigo del arco de Cruz del Sur.
Tuvo actuaciones memorables. Cuando logra agrandarse, que se le nota en la cara, cuando achica un poco los ojos, saca pecho y mira adelante... cuando Luna esta canchero, hay tardes de Luna llena. De esas que vuela y vuela, que grita, que manda, que tapa las imposibles, que ataja penales, y que si lo dejaran, fruto de su exquisita pegada, gritaría gol en algún tiro libre.
El tiempo fue pasando, y transformó a ese chiquito atajador, en un Señor arquero. Y hasta se hizo papá: Hace menos de un año nació su primera hija, Tiziana, la Nueva Luna.
Como los vinos, los arqueros con los años se van poniendo mejores. Entonces, Luna, estás condenado a ser un fenómeno.